Ana Luz Quintanilla.

La primavera es la estación que celebra de manera suprema la vida. Es una época de celebración de la propia naturaleza en la que pareciera que el mundo aparece de nuevo: los días se alargan, los brotes de flores y hojas se abren para nacer, los ríos suelen crecer y todos los organismos vivos pareciera que pudieran entonar la maravillosa sinfonía de Vivaldi en el éxtasis de la alegría.

Muchos países celebran la fiesta de la vida. Por ejemplo en Japón se celebra el Anami y millones de japoneses se sientan a compartir comida y bebidas bajo la hermosura de cerezos en flor. De hecho, la agencia meteorológica se encarga de difundir las fechas en que las flores de los cerezos brotarán.

También en la india y Paquistán me tocó vivir el colorido festival de ‘Holi’ que celebra el despertar de la primavera. Recuerdo muy bien que iba a aterrizar el avión en Lajor, la antigua capital de Paquistán, y desde el cielo podía ver la ciudad entera de color amarillo, las mujeres vistiendo hermosos ropajes de este color y en las azoteas de las casas, los hombres y los niños volando papalotes del mismo color.