Soy afortunado de haber nacido en Colima. Desde hace 28 años he tenido el privilegio de observar y disfrutar sus atractivos naturales, pero sobre todo su majestuoso Volcán. Nunca imaginé que conocería su verdadero poderío hasta el viernes 10 de julio, en una de las experiencias más impresionantes de mi vida.

Eran aproximadamente las 5 de la tarde cuando me dispuse a realizar una visita a las faldas del coloso para fotografiar su actividad en aumento. En mi aventura me acompañaron mis amigos Sinaí Fernández, Arturo Guzmán,  Francisco Moreno y Alejandro Meléndez.

Después de una hora de camino llegamos a La Yerbabuena, en Comala, una comunidad ubicada a 8 kilómetros del Volcán. Seguimos avanzando hasta llegar a La Mesa, zona de cultivo que se encuentra aproximadamente a más de 1 kilómetro de La Yerbabuena. Teníamos al volcán prácticamente frente a nosotros.

El día estaba muy nublado, había escasa visibilidad y comencé a desanimarme porque no podría tomar buenas fotos de la actividad eruptiva. A las 8:17 de la tarde, cuando aún se mantenían los últimos rayos de luz y sin ningún tipo de sonido, una nube negra comenzó a emerger por encima de la bruma. No le di importancia y comencé a fotografiarla. Unos minutos después, lo que se alzaba sobre nuestras cabezas solo lo puedo describir como una especie de tornados y muros de ceniza cayendo sobre nosotros. Era la explosión más grande que había presenciado y nos encontrábamos en primera fila.

Con una descarga de adrenalina que pocas veces he sentido, comencé a fotografiar y grabar lo que sucedía. Mi amigo Francisco gritó: “¡Está cayendo sobre nosotros, corran!”. Tratamos de alejarnos del lugar pero ya era demasiado tarde. No había otra opción más que resistir el embate de la nube piroclástica.

Nos refugiamos en una pequeña construcción ubicada en el lugar y fuimos testigos de que en un minuto, el día se hizo de noche. Comenzó a caer el muro de ceniza. Tal y como se cierra un telón en el teatro, el último rayo de luz se esfumó en tan solo unos segundos.

No sabíamos qué hacer, porque no todos los días te encuentras sumergido en un desastre volcánico. Nos quitamos las camisas, las humedecimos y las amarramos sobre nuestro rostro mientras el sonido de la ceniza, en forma de grava, comenzaba a caer sobre la vegetación. No podíamos ver a más de un metro de distancia y el respirar era muy complicado debido a los componentes químicos que contiene la ceniza.

Ese fue el punto cúspide de mi desesperación: pensaba que estábamos en medio de “la nube de la muerte”, como se le conoce comúnmente al flujo piroclástico que calcina todo a su paso y contamina el aire con gases tóxicos. Esperaba sentir el calor en aumento y en ese instante comenzar a despedirme de esta vida. Suena trillado, pero así sucedió.

Después de unos minutos decidimos tratar de regresar al carro, pues no sabíamos si después de esa explosión continuarían otras y comenzaríamos a colapsar por la contaminación en el aire. Fue una difícil tarea, porque la visibilidad era nula. Logramos llegar al automóvil en medio de la penumbra, respirando con dificultad y con los nervios de punta al pensar que quizá no encendería, ya que estaba totalmente cubierto de material volcánico. Era nuestra única salvación.

Por fortuna, el carro encendió, limpiamos el parabrisas y comenzamos a avanzar muy lentamente. La lluvia de ceniza no cesaba. En un instante nos dirigíamos, sin saberlo, a un barranco debido a la bruma negra y espesa. Alejandro se bajaba del carro cada que teníamos dudas acerca de la dirección a seguir y fue así como logramos llegar a La Becerrera, donde por fin nos sentimos a salvo.

Una vez allí nos encontramos con una escena que superaba la realidad: casi 100 personas festejando, brindando y bailando con música de banda en vivo, a pesar de la caída de ceniza (aunque en menor cantidad). No lo podíamos creer: pasamos de un escenario apocalíptico a una imagen de pleno gozo.

Minutos después arribaron elementos de protección civil y el vocalista de la banda tuvo que hacer un anuncio que a nadie le gusto: “Señores, se acaba la fiesta, dicen las autoridades que tendrán que evacuar la comunidad”, a lo que todos respondieron con un enfático “¡No!”. No había opción. La gente comenzó a retirarse poniendo a salvo las hieleras con cervezas, después se colocaron los tapabocas que las autoridades les repartían y nosotros, por fin, tomamos un respiro. Nos sentíamos a salvo.

Fue hasta que llegamos a Colima cuando nos dimos cuenta de la magnitud de la explosión, sobre todo con la ya famosa imagen del fotógrafo Sergio “Tapiro” Velasco, nos resultó impresionante ver el escenario al que habíamos sobrevivido.

Fue una experiencia que nos dejó marcados de por vida. Pensábamos que ese tipo de situaciones solo las veríamos en películas, televisión o a través de internet, pero no es así, el momento llegó cuando menos lo esperábamos. Me siento muy eufórico, orgulloso y feliz de haber librado esa batalla, gracias a la calma y a la actitud que todos demostramos frente a la contingencia, en un día que nunca olvidaremos:, 10 de julio del 2015.

Texto: Juan Pablo Sánchez