Hace dos meses, en los famosos premios Nobel, dos ejecutivos de empresas trasnacionales de transgénicos y agroquímicos ganaron el Premio Mundial de Alimentos, por sus de avances tecnológicos en agricultura. Se trata de un evento contra-evolutivo que acentuará la forma tóxica de cultivar el suelo para crecer comida. Además de producir semillas transgénicas, estas empresas participan en diversas actividades productivas como la síntesis química, farmacéutica y alimenticia. El premio representa una amenaza para todos los campesinos libres que cultivan el mundo y alimentan a dos terceras partes de su población. También es una amenaza a la soberanía alimentaria de México, porque estas empresas han intentado entrar al país para cultivar sus transgénicos en más de una ocasión.

Para comprender mejor a lo que nos enfrentamos, hay que saber un poco del contexto: política, economía, biología y genética, ecología. Empezamos con la parte biológica: los genes son la información que los organismos tenemos para poder realizar nuestras funciones adecuadamente. Son las órdenes y actividades que el cuerpo tiene grabadas en su memoria celular. La biotecnología o ingeniería genética es la ciencia (rama de la Biología) que estudia el comportamiento de los genes y sus posibles aplicaciones para mejorar los servicios que nos brinda la vida.

Los transgénicos son organismos genéticamente transformados. Surgen de complejos experimentos de laboratorio, donde se combinan genes de distintos seres, que nunca se cruzarían entre sí mismos. Ejemplos de organismos transgénicos, producidos por empresas privadas son: un pez de acuario que irradia luz fluorescente, maíz que produce su propio antibiótico, una vaca que da leche humana.

Uno de los problemas más graves de los cultivos transgénicos es que más del 75% están diseñados para tolerar fumigaciones con diversos pesticidas. Los transgénicos que prometían alimentar al mundo, en verdad sólo fueron hechos para vender semillas y agroquímicos, producto de las guerras químicas del siglo pasado. Desde su introducción al mercado global, se han realizado pocos estudios científicos, casi todos por parte de las mismas empresas trasnacionales que comercian con organismos genéticamente transformados. Las pocas investigaciones independientes nos alertan a no consumir este tipo de productos y a continuar con nuevos estudios de toxicidad, seguridad y nutrición.

Los transgénicos significan una amenaza para el medio ambiente. Representan una constante pérdida de biodiversidad, para empezar porque se realizan monocultivos gigantescos que impiden el crecimiento de otras variedades de plantas y animales. Para su cultivo se emplean cantidades exorbitantes de agroquímicos que intoxican el medio ambiente y su cadena de transporte produce toneladas de gases de efecto invernadero.

La salud humana se ve perjudicada, también. Ya se comprobó científicamente que pequeñas partes del código genético de los alimentos se copian a los códigos propios de los organismos que los consumen. Esto quiere decir que se prueba la frase común, “eres lo que comes”. El consumo de transgénicos es una causa potencial de alergias, problemas en hígado y riñones, así como aumento en la tasa de infertilidad en mamíferos, incluyéndonos a los humanos. Además, los transgénicos están rebosantes de toxinas, producto de su cultivo. Todos los días comemos una pequeña dosis de veneno.

México sería uno de los países con mayor pérdida cultural, biológica, política y económica si el maíz transgénico se logra cultivar de forma comercial en su territorio. Si te gusta cualquiera de las infinitas recetas del grano dorado, celébralo alimentándote sanamente con el maíz de nuestro pueblo: tortillas azules, elotes rojos asados, palomitas de maíz, atole y tamales… o ¿qué tal un rico tejuino para refrescar?

Me quedó con una frase del ilustre Octavio Paz, “El invento del maíz por los mexicanos, sólo es comparable con el invento del fuego por los hombres”.